Por Ronal Britto Charris
Civic editorial director y estratega de campañas
La imagen que circula con Margarita Guerra celebrando su llegada a la Gobernación del Magdalena no es solo una postal de victoria. Es la radiografía de un pacto.
Un acuerdo silencioso, pero estridente en sus consecuencias. Detrás de los abrazos y las sonrisas se asoman los rostros de clanes políticos que durante años han operado como maquinaria electoral, muchos de ellos provenientes de la derecha tradicional. ¿Y ahora celebran bajo la bandera del progresismo?
Lo que se presenta como triunfo del caicedismo es, en realidad, una constelación de alianzas que contradicen su discurso. Se pactó con estructuras que han saqueado municipios, que han convertido la política en negocio familiar, que han hecho de la pobreza una estrategia de control. ¿Dónde quedó la coherencia? ¿Dónde la dignidad del relato progresista?
Mientras tanto, quienes hemos defendido la Paz Política con transparencia —como Rafael Noya, Johana Osorio y Gloria Flórez— seguimos apostando por una transformación real, sin pactos oscuros ni alianzas con el pasado. No negociamos con la maquinaria. No disfrazamos el clientelismo con discursos de cambio.
Esta portada es más que una noticia: es una advertencia. Nadalanea debe despertar. Lo que se está alimentando es un engendro makiavélico, una versión 2.0 del uribismo, pero con una perversidad más sofisticada. Un progresismo que se camufla para perpetuar las mismas lógicas de poder.
No se trata de purismo político. Se trata de ética. De no traicionar a quienes creyeron en un cambio real. De no convertir la esperanza en herramienta de manipulación.